La pobre convocatoria

A pesar de que las marchas fueron alentadas por los rectores de las principales universidades, la presencia de los universitarios brilló por su ausencia

Al margen de cualquier consideración, hay que elogiar a cada mexicano que salió el domingo pasado a marchar en defensa de los intereses de México frente a las agresiones del gobierno de Donald Trump.

Pero dicho esto, hay que reconocer que si algo exhibieron esas marchas fueron una muy pobre capacidad de convocatoria. Acaso 15 mil en la Ciudad de México, unos 2 mil en Monterrey o 3 mil en Guadalajara.

Apenas un fragmento de las decenas de miles que en su momento salieron para protestar en enero por el gasolinazo, ya no se digan las multitudes de aquellas marchas por la paz y contra la violencia del sexenio de Felipe Calderón.

Por eso la pregunta más recurrente frente a tan magros resultados es: ¿qué falló?

No hay duda de que el olor a que la marcha de #VibraMéxico traía el tufo de una organización oficial, presuntamente apoyada desde las entrañas del gobierno federal, y eso alejó a las grandes mayorías, sobre todo a los jóvenes millennials.

La especie se corrió de que el acto anti-Trump acabaría por convertirse por contraparte en una marcha a favor del presidente Enrique Peña Nieto. Y ante la duda se abstuvieron.

Vino luego el endoso de organizaciones empresariales, de comercio y patronales, que se perciben en extremo alineadas al gobierno –salvo por la Coparmex– y, valga un pleonasmo, con eso el sello de “marcha oficial” se oficializó.

Para colmo, entre los que dudaban de las intenciones de #VibraMexico, se anunció en la Ciudad de México una marcha alternativa que, aunque terminaría también en el Ángel de la Independencia, generó confusiones y confrontaciones en las redes sociales.

Pero en medio de tanto debate que sobre el tema se dio esta semana, lo que más nos sorprende es que, a pesar de que las marchas fueron alentadas por los rectores de las principales universidades, la presencia de los universitarios brilló por su ausencia.

En la Ciudad de México, por ejemplo, uno de los convocantes fue el rector respetado Enrique Luis Graue. Si asumiéramos que la mitad de los 15 mil manifestantes fueron universitarios, es en extremo pobre la convocatoria frente a los más de 300 mil estudiantes de la UNAM.

También en Monterrey se unificaron los rectores de la UNAL, Rodolfo Garza, los del Tecnológico, Salvador Alva y David Noel Ramírez, y de la UR, Ángel Casán.

Con una población conjunta cercana a los 40 mil estudiantes, los rectores regios no alcanzaron a arrastrar a la Macroplaza ni a mil manifestantes.

La lección que confirman estas marchas tan desairadas es la realidad que venimos confirmando una y otra vez: vivimos en dos Méxicos.

Uno, el formal, que es alimentado por un establishment que busca que poco o nada se modifique dentro del status; y otro, el informal, que adquirió relevancia de rebeldía formal, con la interacción que se da en las redes sociales.

La pregunta de fondo es quién será capaz, desde lo sociológico y desde lo político, de asomar la capacidad para conectar esos dos Méxicos a fin de que actúen unidos, en la confianza, hacia un mismo rumbo.

Si eso no se logra con una causa como la amenaza Trump, vayan amarrándose los cinturones porque la gran confrontación de esos dos Méxicos culminará en 2018. Y saldrán chispas.