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Comprendo que es duro y difícil para cualquier mexicano darle la bienvenida al secretario de Estado, Rex Tillerson, y al secretario de Seguridad Nacional, John Kelly, mientras observamos cómo los nuestros son cazados en grandes redadas y deportados por sistemas expeditos

 

Comprendo que es duro y difícil para cualquier mexicano darle la bienvenida al secretario de Estado, Rex Tillerson, y al secretario de Seguridad Nacional, John Kelly, mientras observamos cómo los nuestros son cazados en grandes redadas y deportados por sistemas expeditos. Sobre todo porque sabemos que ellos, quienes llegan hoy a negociar a México, son los buenos. Me explicaré.

Tillerson es un profesional del petróleo y es un hombre que independientemente de su cercanía con Rusia y con Vladimir Putin es un estadounidense que cree en su país. Alguien que hasta el momento lo más importante que le ha sucedido no es ser millonario por haber dirigido Exxon Mobil, sino ser el secretario de Estado del presidente Trump.

Tiene un sentido realista de cómo y dónde hay que apretar para apoyar las relaciones entre México y Estados Unidos.

No comulga con los ataques de su Presidente hacia nosotros los mexicanos, ante la simpleza de visión que tiene Trump respecto a la forma en la que debe ser organizado el mundo.

Es un hombre de negocios y en ese sentido sabe que el peor negocio para su país es tratar a México como lo están tratando.

Por su parte, el general Kelly es un profesional de los marines, que ha derramado su propia sangre en la figura de su hijo -fallecido en Afganistán- por su fe en su país.

Es el ejecutor de las redadas masivas que plasman el odio social y racial de Trump frente a la minoría rabiosa del hombre blanco que le eligió. Es un absoluto patriota, que está actuando con la lógica de que es mejor estar cerca del exceso y tratar de controlarlo, que dejarlo avanzar por su cuenta.

Esa era la lógica que llevó a muchos generales a no acabar con el “cabo bohemio” que se encontraron en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial.

Aunque ahora no es lo mismo, porque Trump no es Hitler pero la verdad es que el reguero de rencor que se está sembrando en torno a la política de migración, que sin duda es un desmadre en Estados Unidos, puede terminar creando unas consecuencias terribles de odio social incontrolable entre los dos países.

Kelly conoce muy bien México y la importancia de la relación bilateral. Kelly tiene una buena impresión y una tendencia de identificación con nuestro país.

Sin embargo, no hay que confundir el sentimiento del deber de un soldado con lo que significa compartir la parte más ciega del odio social y la forma en la que lo están haciendo.

Porque el muro es un muro donde sea, pero lo que importa más es el muro de la incomunicación existente entre los dos países, y en ese sentido, tanto Kelly como Tillerson pueden ayudar a derrumbarlo.